EL BILLETE, LA MESA Y EL SALMÓN

familia feliz

Pasaba el camión de la basura con enorme y perturbador estruendo, a la vez que un conductor mal humorado tocaba insistentemente el claxon de su vehículo, como si con ello fuera a conseguir que desapareciera el obstáculo que le precedía. Mientras, en un restaurante cercano, los comensales trataban de disfrutar apaciblemente de una suculenta comida, aunque sin mucho éxito.

Sin embargo, en un rincón del local, en una pequeña mesa ataviada con un mantel de cuadros rojos y blancos adornada con un pequeño florero en su centro, se encontraba un hombre de mediana edad, no muy gordo, aunque quizá algo rellenito. Degustaba un sabrosísimo salmón cocinado al horno con guarnición de patatas que acompañaba de vez en cuando con un sorbo de un fino y dorado vino blanco. Parecía ser el único comensal en todo el local que no se veía afectado por el alboroto de la calle aneja, seguramente sería el único habitante de la zona que aún no se había asomado a ver que pasaba, ni tan siquiera había girado la cabeza hacia la cristalera en la que se agolpaban el resto de clientes del restaurante.

En la calle, el camión de la basura seguía detenido delante de los cubos, al parecer los operarios de limpieza habían encontrado algo extraño dentro de uno de ellos y esperaban la llegada de la policía, para desesperación del resto de conductores. El camionero se negaba a desplazar el camión, seguramente por miedo a destruir las pruebas, porque si bien no conocía la naturaleza del hallazgo, pensaba que podría tratarse de algo delictivo, lo que por otra parte, no pensaba el histérico personaje que insistía una y otra vez con el estridente claxon de su deportivo rojo.

En la mesa, la espina desnuda del salmón yacía sobre el plato del satisfecho comensal, que recostado sobre el respaldo de la vieja silla de esparto que ocupaba, contemplaba fijamente la botella de vino vacía. Mientras esperaba que el camarero le trajese el café que había pedido, el espectáculo exterior continuaba, circunstancia que entretenía al camarero y en consecuencia aquel café se retrasaba demasiado. Sin embargo, todas esas circunstancias no conseguían soliviantar la paciencia de tan tranquilo personaje. Finalmente apareció el camarero con el café, lo puso encima de la mesa y se retiró.

Tras un profundo suspiro, el hombre tomó el café con su mano izquierda, se lo acercó lentamente a su boca comprobando que no estuviese demasiado caliente y tomó un sorbo para probarlo. Estaba bueno, realmente bueno, pensó que era un excelente final para una comida perfecta. Alzó la mano y haciendo una seña le indicó al camarero que le trajese la cuenta, sacó un billete de cincuenta de una vieja y mugrienta cartera de cuero negro, lo puso encima del platito que había traído el camarero con la factura y volvió a hacerle una seña para que se cobrase. La verdad es que el camarero andaba un poco distraído y de no ser por las oportunas señales de su cliente no se enteraría de nada.

Afuera acababan de llegar los municipales y aquél tremendo lío, que duraba ya cerca de una hora, estaba llegando a su fin. Poco a poco el restaurante iba recuperando la normalidad, a la vez que el flemático comensal de la esquina, tras dejar una buena propina, abandonaba el local, montaba en su coche que se encontraba atascado justo detrás del deportivo rojo y después de esperar un par de minutos a que la policía municipal restableciera la circulación tomaba el camino hacia su casa.

Manuel Arranz Martín (2003)

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